En los pliegues de mi falda
Las sombras ondulantes
de la bruma adormecida
han grabado sus angustias
en mis labios solitarios
y en los bordes de la luna.
Se apropiaron de mis besos,
de las lágrimas ya secas
y del tímido reflejo
de mi piel equivocada.
Pero el tiempo compartido
en los viejos camposantos
de mil sueños demolidos,
me mostraron que la noche
y que la niebla
son celosas compañeras.
No dejaron que mi cuerpo
se aromara de ternuras
como pétalos de rosa
por el miedo que tenían
de sentirse abandonadas
en los bosques,
en las plazas
y en los pliegues de mi falda.
Hoy andamos siempre juntas
porque supe perdonarlas.
Y ellas nunca me abandonan
porque saben que no puedo
resistir la puñalada
de sentir que la mañana
me desnuda de ilusiones.

